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El deporte está muy bien, no tengo nada que objetar. Sigan así, corriendo, saltando, revoleando cosas lo más lejos posible y cagándose a patadas en pijama sin ningún pudor. Me parece fantástico que alguien pueda estructurar su vida alrededor de actividades tan maravillosamente inútiles y divertidas como esas. Y más todavía si el resto podemos disfrutarlas.

Lo único que se me complica un poco es eso de intentar hacerle creer al desprevenido que en realidad se trata de una representación de los más altos valores de la humanidad, que un gordo levantando arandelas gigantes es un símbolo del esfuerzo humano o que un flaco pedaleando en calzas es una metáfora de la superación de la especie.

Lo del  juego te lo acepto, el resto hablalo en terapia. Ya sabemos que nadie se rasca donde no le pica.

Y si igual querés insistir con las analogías, fijate que el que más cobra es el que gana, no el que más se esfuerza. Ahí si, como la vida misma.



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Ni un libro ni una película ni una canción te cambian la vida. Se me ocurren mil circunstancias infinitamente más determinantes que cualquiera de esas opciones.

Entiendo por qué preferís pensar que “El principito” marca un antes y un después en tu paso por este mundo, que “El padrino” es clave en tu formación moral y que “La ventanita del amor” configura un hito estético insuperable que dejará una huella imborrable no sólo en tu propia existencia sino en la de las futuras generaciones: porque si te agarrás de algo es más fácil cruzar el charco, y cualquier cosa medianamente firme que te quede a mano sirve.

Lo que te cambia la vida de verdad son las cosas jodidas, todo lo demás adorna la que ya tenías.

Que se le va a hacer.



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Astronauta: —Houston, tenemos un problema.

Houston: —¿Y ahora qué pasa?

Astronauta: —Es que desde acá arriba tenemos una nueva perspectiva y podemos apreciar la magnificencia de nuestro planeta y a la vez entender lo pequeño y solitario que resulta en medio del vasto universo, probablemente infinito, que nos permite vislumbrar la insignificante escala de la especie humana y nos hace replantear el sentido último de nuestras acciones, incluso de nuestras palabras.

Houston: —Es normal, tómese un evanol y se le pasa, están en el botiquín.

Astronauta: —Ah, ok, disculpe.

Houston: —No es nada, ahora por favor continúe con la misión.

Astronauta: —Chupame un huevo.



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No, no, al contrario, está muy bien. Sacar la sortija no tiene nada de malo. La gente te aplaude, te ganás otra vuelta y todos felices.

El único problema es que si te la pasás buscando eso y no disfrutás el paseo puede ser que al final te quedes sin chicha y sin limonada. O, en el mejor de los casos, que tengas que gastarte el premio en hacer lo mismo que podrías haber hecho la primera vez, antes y mejor.

La segunda vuelta siempre es un poco más amarga.


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Dos cositas nomás:

Una: pretender ser el “más algo” del mundo no es una meta muy interesante, aún si ese “algo” es bueno. Partiendo de la base que alguien tiene que ocupar ese lugar indefectiblemente (no puede quedar vacante) podemos decir que es más o menos como sacar la sortija, un esfuerzo por ser protagonista de lo que ya sabemos que va a suceder, sólo que no sabemos a quién. Ni bueno ni malo, inevitable e intrascendente.

Dos: si te caés de una escalera es un accidente, si te empujan no. Mismo golpe, misma consecuencia; otra historia, otras palabras.

Eso es todo. Buenas tardes, y que gane el mejor.


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Si lo entendemos como el derecho a recibir un reconocimiento, el concepto de mérito implica algún tipo de logro, y desde este humilde espacio de reflexión afirmamos (yo) que solo hay dos tipos bien diferenciados de logro y, por extensión, de mérito.

Existe el logro absoluto y el logro relativo. El mérito obtenido es proporcional a cada uno.

Por ejemplo, todo lo expuesto en este blog probablemente se haya dicho antes y mejor, por lo cual esta serie de textos e imágenes es un logro relativo de dudoso mérito. Si en algún momento llego a embocar alguna idea original estaríamos frente a un logro absoluto de mérito enorme.

Es la diferencia entre inventar la rueda y cambiar el auto.

El problema es que es fácil confundirse.


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Si es verdad que la valía de un hombre se mide por el calibre de sus enemigos yo estoy al horno.

Sé que últimamente le hice saber a más de uno mi opinión sincera -que no era necesariamente complaciente- pero creo que el hecho de exponer mis dudas y resaltar la subjetividad del punto de vista hizo que las reacciones fuesen positivas, dejándome sin oponentes claros.

Y así es como se va todo a la mierda. ¿Para qué molestarse en argumentar si es más cómodo y civilizado relativizar el asunto y cerrar en empate? El problema es que si todos tenemos razón, la razón pierde sentido, y nos quieren hacer creer que es mejor así.

Estamos contemplando el comienzo del fin del criterio.
Démosle la bienvenida a la era del humo.



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La modestia es un defecto de la gente que se asume superior. Si uno sabe fehacientemente que es un pelotudo no hace falta ser modesto.

Ojo, no hay que confundir modestia con humildad. Reconocer las propias limitaciones es saludable, compensar inseguridades apelando a la condescendencia es miserable.

También está el caso de la gente que carece de autocrítica e indulgencia simultáneamente, pero mejor no perder el tiempo con eso.

Bancate ese defecto, cantaba hace tiempo un tipo sin modestia.


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No los quiero alarmar, pero parece que estamos cerca de la quiebra global. Fíjense acá: LINK.

Resulta que el mundo debe 57 trillones de algo, supongo que dólares. Mr. McKinsey no se molesta en aclararlo pero dudo que sean patacones o lecops.

Sabía que lo que sale de un bolsillo va a parar a otro, pero hasta ahora creía que todo eso pasaba dentro de los límites del planeta Tierra.

Una de dos: o esto es una prueba irrefutable de que hay vida extraterrestre que cada tanto nos presta unos mangos para ir tirando y ahora se nos complica devolverlos, o alguien nos está cagando.


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No señor. Es mentira que hablando se entiende la gente. Ojalá fuera tan fácil.

El lenguaje ayuda, pero hasta ahí nomás. En algún punto la razón se hace carne, y la carne manda.

Esa empatía inmediata o esa sensación de mierda que te queda rebotando después de un cruce no se resuelve con palabras. Se mastica, se traga o se escupe.

Vos hablá todo lo que quieras, pero la tripa siempre decide antes.




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Yo te señalo el sol y vos me mirás el dedo.

Cuando se venga la noche no vas a poder ver ninguno de los dos.




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Las paradojas suelen ser esclarecedoras.

Si la discusión sobre la validez de la lógica binaria (bien/mal, derecha/izquierda) sólo tiene dos posiciones (a favor/en contra) debe ser por algo.

O no.




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No se me ocurre otro ejemplo de una especie luchando permanentemente contra sus debilidades.

Parece que casi todo lo que deseamos, lo que el cuerpo pide y el inconsciente demanda está mal.

Claro que esto no pretende ser una apología del crimen, las adicciones, la agresión sexual, el exceso de sal en las comidas o cualquier otra conducta perjudicial o socialmente condenable. Sólo trato de señalar que lo único que evita que esas acciones se concreten es el esfuerzo constante que hacemos para controlar los impulsos básicos.

Supongo que esa debe ser la esencia humana, reprimir pulsiones.
La pucha.



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Tenemos que hacer algo urgente con la nomenclatura sexual. No puede ser que todavía estemos usando “fellatio” y “cunnilingus” para referirnos a prácticas que claramente demandan una denominación más acorde a su carácter lascivo y febril.

Incluso hay casos a la inversa: “colombofilia” por ejemplo suena a perversión rebuscada y resulta que se refiere -decepcionantemente- al adiestramiento de palomas .

Mi equipo de colaboradores (Karina) ha realizado un exhaustivo relevamiento y llegamos a una preselección que incluye a los siguientes candidatos: “Caterva”, “Glotis”, “Alcachofa”  y “Subterfugio”.

Obviamente son palabras que ya existen pero están mal aplicadas y se desperdicia su potencial erótico. Por eso mi humilde propuesta es hacer un enroque. Por ejemplo, que el cunnilingus pase a llamarse subterfugio y viceversa.

Todavía no elevamos la solicitud formal a la Real Academia, así que estamos a tiempo de recibir sugerencias. Mandá tu propuesta y ganá fabulosos premios.


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Las historias de superación suelen ser parecidas.

Nunca falta el momento revelador, el punto de inflexión en que se toma conciencia profunda y se inicia el camino de redención, algo que interpretamos como una señal milagrosa e inequívoca del destino.

Puede ser una casualidad, una desgracia o una boludez, pero aunque el lento y doloroso proceso de cambio haya consumido meses, años o incluso décadas, a los laureles siempre se los lleva esa excusa.

La ilusión de epifanía pura y absoluta compacta el extenso y oscuro período de duda, cobardía y debilidad en un instante místico y sublime. Borra el rastro de nuestras miserias y nos hace creer que de ahora en más vamos a ser mejor que antes.

Y así es como empezamos a mandarnos cagadas nuevas, lo que no es poco.




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Un hobby: ayudar a los necesitados. Un deseo: la paz mundial.

Parece que cuando nos toca decirle al mundo qué queremos somos todos la reina de la primavera dando el discurso arriba de un banquito mágico que eleva nuestra estatura moral.

Y resulta que la moral siempre está más arriba que el culo porque se trata de cómo deberían ser las cosas, no sobre cómo son. Entonces es fácil: un par de enunciados indiscutibles y volvemos a la reconfortante indolencia de siempre sintiéndonos la reencarnación de Nelson Mandela.

La ética, en cambio, es puro ahora. No hay fórmula posible, exige una respuesta particular e inmediata para cada situación. Digamos que está al ras del piso, o mejor dicho, que es el piso donde rebotamos después de cada enunciado lleno de buenas intenciones que no podemos sostener con hechos. Y si encima estás arriba del banquito el golpe es más duro.

Si se pudieran ver los moretones seríamos todos color violeta.



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Madrugar no es mi fuerte, pero esa mañana estaba de buen humor. La temperatura era agradable y el sol pegaba de costado en la ventana que da a la calle, por eso la abrí.

Las persianas viejas son mañeras. La operación de desplegarlas por completo suele llevar unos minutos y hacer una serie de ruidos difíciles de ignorar, sin embargo la paqueta señora que estaba en la vereda a escasos centímetros de mi ventana no se inmutó. Siguió de espaldas como si nada mirando al pequeño perro hacer lo suyo. No pude ver su expresión en ese momento pero estoy seguro que era de orgullo.

Mi reacción fue espontánea y sincera: “Señora, por favor no haga cagar al perro acá”.

Su respuesta también: “¡Ay, que maleducado!”.

No recuerdo que pasó después. Sólo que la réplica ingeniosa se me ocurrió unos 20 minutos tarde mientras le cambiaba la yerba al mate. Tampoco la recuerdo. No importa.


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No es ninguna novedad que la propaganda -por favor evitemos el eufemismo “publicidad”- apela al morbo.

Lo que no termino de entender es la necesidad de humanizar mosquitos y cucarachas para inmediatamente aplicarles un castigo ejemplar en forma de aerosol.

Saber que la víctima tenía familia, amigos e incluso sentido del humor (suelen hacer chistes antes de morir) debería ser insoportable y desgarrador. Por el contrario, parece que conocer esos detalles hace más dulce la masacre.

Quizá si los viéramos en su forma natural el exterminio sería menos perturbador (son insectos, la empatía se complica) pero no, para que truene el escarmiento y la inversión en insecticida se justifique hay que mirarlos a los ojos, escuchar sus últimas palabras y recién ahí liquidarlos sin piedad.

En este punto sería fácil asumir que lo que vemos en pantalla es un síntoma de la sociedad, pero me parece una conclusión insuficiente, un poco pelotuda.

Otra no se me ocurre.


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Supongo que debe haber una explicación técnica, pero igual me parece que habría que tener un poco más de cuidado cuando se comunican estas cuestiones.

Si a mí me decís que la humedad ambiente es del 98% me empieza a faltar el aire y me imagino que estamos a un 2% de morir ahogados. El 100% de humedad es agua, no jodamos.

Lo que pasa es que con la manija que traemos se mezcla todo y terminamos con taquicardia cuando sólo deberíamos tener un leve dolor de sabañones.



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A ver si nos vamos poniendo de acuerdo porque así no se puede. Tras que la cuestión de género es un tema sensible y bastante complicado cada tanto aparece alguno que la enrosca un poco más y tenemos que volver a replantear cuestiones que parecían superadas.

La última es la de esta persona que se considera “agender”, o sea, sin género (link acá). Por mi todo bien, pero que alguien le avise que eso igual es una categoría. Una nueva que se define por la negación, pero sigue siendo una categoría.

Entiendo el deseo de no ser catalogado para evitar definiciones relacionadas a los genitales o a la preferencia sexual que arrastran prejuicios y reducen algo tan complejo como la identidad a una serie de estereotipos limitados e insuficientes. Pero algún nombre hay que ponerle. Elegilo vos y yo te sigo, no hay problema, pero si lo vas a andar cambiando a cada rato después no te ofendas si alguno se cansa y te termina diciendo puto.